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BIM como piso, no como techo

Foto del escritor: Andrés Morelli
Andrés Morelli
hace 6 días
3 min de lectura

Columna de opinión publicada en El Mercurio, Especial Arquitectura, Diseño y BIM — 13 de octubre de 2026.Por Andrés Morelli Molina. Director AOA, Comité de Innovación y Tecnología. Socio de MARQA, Morelli Arquitectos Asociados.


La conversación que ya está cerrada


Durante más de una década, la arquitectura chilena discutió si adoptar BIM. Esa conversación está cerrada. Hoy el modelado de información ya no es innovación: es el estándar mínimo con que se coordina un proyecto. Y precisamente por eso conviene decirlo con claridad: el BIM es el piso, no el techo.

Mientras lo tratemos como una meta —modelar en tres dimensiones, certificarse, coordinar especialidades— seguiremos capturando apenas una fracción de su valor.


De modelar a gestionar información


El BIM es, ante todo, un ecosistema de datos más que una técnica de modelado. No por casualidad la propia sigla ha evolucionado: de Building Information Modeling a Better Information Management. El valor ya no está en el objeto tridimensional, sino en la calidad, trazabilidad y disponibilidad de la información que lo compone.


El salto pendiente es pasar de la coordinación a la integración: de un modelo que se revisa a información que alimenta decisiones; de un archivo que se entrega a un activo que acompaña todo el ciclo de vida del edificio.



El contrasentido del PDF


Hay una contradicción que el gremio debe mirar de frente. Trabajamos con modelos ricos en información, pero nuestro entregable formal sigue siendo, muchas veces, un plano 2D: un PDF. La tecnología corre más rápido que nuestros contratos y nuestra cultura de trabajo.


Cerrar esa brecha entre lo que el modelo contiene y lo que efectivamente se usa es hoy el paso más concreto hacia la productividad que tanto se promete.


Sin el mandante, avanzamos a media máquina


Esa brecha no se cierra solo con voluntad técnica. El BIM rinde cuando toda la cadena de un proyecto trabaja sobre el modelo, y eso rara vez ocurre si nadie lo exige.


El mandante es, muchas veces, el único actor con el poder contractual para alinear a todos los participantes. Y le conviene hacerlo: menos requerimientos de información, menos sobrecostos, menos plazos, interferencias resueltas en el modelo y no en la obra. Mientras la demanda por integración no venga también desde quien encarga los proyectos, seguiremos avanzando a media máquina.


El riesgo no es el software: es perder la conducción


La tecnología, por sí sola, no ordena nada. Y aquí aparece lo esencial. La palabra arquitectura viene del griego architéktōn: el constructor jefe, el que conduce la obra. Esa definición, de siglos, sigue siendo nuestra brújula.


En una era de creciente hipertecnificación, donde cada especialidad se vuelve más autónoma y las responsabilidades se diluyen, el riesgo no es quedarnos atrás en software: es perder la conducción del proyecto. Dominar la técnica no nos convierte en especialistas; nos permite seguir siendo el interlocutor que integra a todos en torno a una sola visión. El coordinador BIM es un habilitador valioso, pero no reemplaza al arquitecto como responsable de la síntesis.


El segundo riesgo: perder el oficio


Existe un riesgo más silencioso y más nuestro: perder el oficio. El conocimiento del material, la intuición constructiva, el criterio que solo da haber estado en obra.

Los planos nacieron, hace siglos, cuando alguien conoció un material y quiso representarlo para construirlo. El modelo digital nos dice qué es posible; la obra nos dice qué es sensato. Y el criterio que une ambas cosas sigue siendo, irremplazablemente, del arquitecto. La técnica y la materia no son fuerzas opuestas: el verdadero desafío es integrarlas.


Lo que viene


Por eso sostengo que la innovación no se agota en el BIM. Lo que construyamos sobre esa base —inteligencia artificial que interroga el modelo, gemelos digitales, decisiones sostenibles medibles— definirá la próxima década. Pero nada de eso ocurre si la base está mal situada, si los incentivos no acompañan, o si en el camino extraviamos el oficio que nos define.


La innovación tecnológica no reemplaza al arquitecto: lo reposiciona. Nos devuelve, con herramientas nuevas, un rol tan antiguo como la disciplina misma: el de constructor jefe. Quien domina el dato, lidera el proceso. Y liderar el proceso, hoy como ayer, es la tarea del arquitecto.



Publicado originalmente en El Mercurio, Especial Arquitectura, Diseño y BIM, 13 de octubre de 2026. 

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